Ni caridad ni solidaridad.

El otro día ayudé a un chico que se había quedado sin blanca y necesitaba echar gasolina al coche para poder ir a buscar a su pareja a la salida del curro, en el sur de la isla. Estaba pidiendo en la calle y sólo había conseguido dos euros en hora y media, me dijo. Le dí cinco pavos y empezó a darme las gracias emocionado y quería un número de contacto para poder devolverme el favor de alguna manera. “No es necesario, a mí también me ha pasado alguna cosa parecida y hago lo que me hubiera gustado que hicieran conmigo”, le dije.

Simple.

También el otro día alguien me contó que se encontró con una situación aún peor en la cola de caja del supermercado. Una chica con un niño pequeño estaba haciendo una compra básica y ninguna de las tarjetas que llevaba le eran aceptadas para pagar. Quien me lo contaba me dijo que le “dieron ganas” de pagarle los treinta euros del ticket. Pero no lo hizo aun pudiendo permitírselo. “¿Por qué?”, pregunté yo.

Seguramente por la alienante parábola aquella en la que la moraleja es no dar alimento al que tiene hambre o necesidad, si no que mejor le enseñes a pescar para que aprenda a ganarse el sustento. Ains.

Y cierto es que mejor ganarse el pan que tener que pedirlo. Muchas personas de tradición carcatólica y otras de no tanta estarían de acuerdo. Con la salvedad del importante detalle que supone la incertidumbre de si hay buena pesca el día en que tienes hambre  o de si acaso no haya pan para todos en el horno.

En este país de cultura judeocristiana, sin embargo, son precisamente quienes practican, profesan o son defensores de este tipo de preceptos, cuya doctrina habla de caridad, piedad y otras mierdas por el estilo, los que habitualmente no los llevan a cabo ni se percatan de tamañas contradicciones en su novela de referencia. Eso sí: ellos rezan. Punto. Suficiente. Y el que está en el mercadona esperando a la salida horas para que le dejes el euro en el carro es un jeta y seguramente no reza. O blasfema. Por eso le pasa lo que le pasa.
Políticamente, son igual de cínicos y cicateros. Muchos de estos votan opciones que no trabajan por las políticas sociales ni por el empleo digno o la formación, que serían en realidad las vías para “enseñar a pescar al hambriento”. Esas opciones que votan, además, son tremendamente conservadoras e insolidarias con los más desfavorecidos, cuando de lo que se trata es de contribuir al bienestar de la mayoría. Eliminan impuestos que gravan la propiedad y dan ventaja a los que más tienen. Piensan esos devotos votantes, sin lugar a dudas, en que a ellos no les toquen su vil metal.

Antes pensaba que, una gran parte, eran ignorantes. Pero, a la vista de lo que arroja la estadística, después de una crisis devastadora para los servicios públicos (a los que ellos acuden como el que más) y que ha traído como consecuencia una terrible desigualdad social, sólo puedo pensar que quien está en contra de la igualdad es mezquino, aunque también sea estúpido. Que uno no quita lo otro.

Y no digo más salvo que no podía volver de otra manera que cagándome en los cristofrikis egoístas de mierda que gobiernan en este país y a los que los sustentan. Como adelanto al 20D, o algo.

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