Sequía

sol calimoso

Del crudo clima de la aldea, lo único que me gustaba era la lluvia. No es un gusto en absoluto especial, puesto que una de las razones por las que prefería la lluvia era la incidencia inmediata en la suavidad de las temperaturas. Si llueve hace menos frío o así me lo aprendí yo. Están también las típicas motivaciones románticas de acercarse a una ventana y observar las gotas resbalando por el cristal, con la mirada perdida y la mente divagando con los “por qués” propios de la fase anal freudiana, en un intento de auto convencerte de lo profundos que son tus pensamientos. Momentos de melancolía cálida en el interior del hogar, mientras la gente camina deprisa para no mojarse o se oculta la identidad del que se guarece bajo un paraguas visto desde arriba.

Aquí la temporada de lluvias es corta. El año pasado fue corta y también devastadora para la gente que vive en alguno de los barrios de la capital, con vías de canalización deficientes que agravaron las consecuencias de las trombas repentinas de agua. Algunas viviendas resultaron inundadas y los daños siguen a día de hoy siendo motivo de reclamación para los afectados, que sufrieron una infame desatención por parte de los responsables municipales.
Este año no ha habido damnificados por lluvias torrenciales. En su lugar se verán en graves dificultades las zonas rurales que dependen de la producción agraria y los pequeños huertos de auto-consumo. Consecuencias tampoco despreciables en circunstancias como las que nos está tocando vivir, en medio de grandilocuente macroeconomía y religioso equilibrio presupuestario.

Los días de calima también resultan un poco más molestos sin lluvia. La semana pasada tuvimos un par de días de estos en los que no ves tres palmos más allá de las narices, por la nebulosa polvorienta ambiental que te rodea. A pesar de las dificultades respiratorias que acarrea a buena parte de los habitantes de la isla lunar, a mí me gusta. Me sigue pareciendo un fenómeno de extraña belleza. Y me recuerda a las ocasiones en las que he viajado a la costa cantábrica subiendo Los Tornos rodeado de niebla a veinte por hora. Sólo que aquello era humedad pulverizada, en medio de un día oscuro y aquí, lo que te envuelve, es polvo en suspensión procedente del desierto africano, con un sol redondo, radiante y difuso en el firmamento.

Son tiempos de cambio de nuevo. Como para muchas otras personas, en cualquier caso.
Aunque últimamente no puedo evitar pensar en los refranes que con más frecuencia utilizaba mi madre: “Mal de muchos…”
Anoche volví a soñar con ella. Me desperté llorando y aún ahora, 24 horas después, recuerdo nítidamente casi todo lo que la narración, onírica y lineal, me proyectó. Ella estaba viejita y mi fisonomía y la de mis hermanos era jovial. Y me siento como una niña caprichosa, déspota y cruel. Tal y como era yo en el sueño. Todavía no me he desprendido del impacto.

Me siento seca y dura. Espero que llueva pronto para no resquebrajarme como la tierra en el llano de enfrente.

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