Mi síndrome

Hace mucho tiempo que migré esta bitácora altamente personal de blogger a wordpress.

El cambio parecía muy conveniente en apariencia, puesto que las posibilidades de este gestor de contenidos son bastante diversas.

Al principio me atraía la bobería de hacer páginas estancas, con contenidos clasificados por diferentes aspectos. Pero me he dado cuenta de lo insustancial que es en mi caso hacer esa separación. Me parece complicadísimo dividir mis idas de olla personales en diferentes temas. Y no deja de ser una paradoja el hecho de mudarme desde blogger porque aquello me parecía un batiburrillo.

La cuestión esencial es que me siento incapaz a la hora de afrontar una definición sobre mi persona con la caja de texto en blanco. Juraría que, hace siete años, cuando comencé a sentirme parte de la blogocosa, no me parecía tan difícil.

Es curiosa la analogía vital con el medio analógico que tiene todo esto; la vida me ha enseñado mis contradicciones gracias a la interactuación con gentes en la red y, al mismo tiempo, no puedo dejar la reflexión sobre mis incoherencias cotidianas en el medio físico, geográfico y social en el que me desenvuelvo malamente.

Me llevo bofetadas a diario en mis propias creencias. Ya no me siento tan estupenda como antes. Mis principios siguen estando ahí pero la duda aumenta con la edad. Sólo tengo claro que hay que sumar revoluciones y que no me parecen cercanas en la misma medida que siento lejos a mucha gente que me importa, tanto física como ideológicamente.

Mis ideas recalaron por deseo propio y cabezota en una islita aislada en el Atlántico. La adoro y la odio a veces. Antes de vivir aquí no me pasaba. Me aborrezco a mí misma muchas veces por sentir así. Al menos es sólo puro sentimiento irracional y puedo distinguir pasión y razón. No tiene sentido amar u odiar a un trozo de tierra. Tampoco generalizar esos sentimientos a las gentes que aquí viven porque, como mínimo, debo empatizar y ver que son fases éstas que muchos habrán vivido también.

Recuerdo el primer año de llegada, cuando era tan crítica con ese pensamiento ajeno del cierre autóctono y recuerdo no entender a quienes hablaban del síndrome insular. Me preocupa ver que ha calado en mí un sentimiento reaccionario ante el proteccionismo.

Me hago un lío con los conceptos y paso de la defensa en pro de la soberanía de los pueblos a estar estupefacta por la xenofobia de algunas personas que clasifican ideas de izquierdas en modo maniqueo, que excluyen a colectivos y que me hacen sentir mal. No sé si me siento mal porque me mueven a una reflexión negativa sobre mis propios actos y comentarios o porque me siento injustamente juzgada. Será que yo también lo hago, será la madurez…
Y en estas estamos. A ver si me aclaro para dejar el autoconocimiento obsesivo y pasar página a este sentimiento de parálisis estúpida.

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